El debate sobre si el agua con burbujas es mejor o peor que la sin gas ha generado dudas y mitos. Hoy, la mirada de los nefrólogos aporta matices claros: la mayoría de las personas pueden alternar ambas opciones sin comprometer la salud renal, siempre que se preste atención a la composición y a las necesidades individuales.
Para unos riñones sanos, la prioridad es la hidratación sostenida. “El mejor vaso es el que de verdad te bebes”, resume un especialista en nefrología clínica. El gas carbónico en sí no daña el riñón, y el agua carbonatada sin azúcar ni aditivos funciona como agua a efectos de hidratación.
Donde sí hay diferencias es en los minerales y, sobre todo, en el sodio de ciertas aguas con gas. “Si la etiqueta muestra un sodio elevado, hay que limitarla en pacientes con hipertensión, proteinuria o enfermedad renal crónica”, señalan. La clave no es la burbuja, sino lo que la acompaña en la botella.
Algunas aguas con gas proceden de manantiales ricos en bicarbonato y sodio. Otras tienen perfiles más equilibrados, similares a los de un agua natural de mesa.
El bicarbonato puede aliviar la acidez gástrica y, en ciertos casos, aumentar el pH urinario. Para personas con litiasis por ácido úrico, un agua rica en bicarbonato y citrato puede ser útil, siempre bajo asesoramiento médico.
En personas sin patología, el agua con gas sin azúcar e isosódica no empeora la función renal. “No hay evidencia de que la carbonatación deteriore el filtrado glomerular”, recuerdan los nefrólogos.
La sal es otro cantar. Un consumo alto de sodio eleva la presión y la excreción de calcio urinario, lo que puede favorecer ciertos cálculos. Por eso, si te gusta la burbuja, prioriza marcas con sodio bajo y compáralas con tu agua natural habitual.
Interesante matiz: el citrato y el magnesio presentes en algunas aguas minerales pueden ayudar a prevenir piedras de oxalato cálcico. En ese sentido, hay aguas con gas que, por su matriz mineral, resultan incluso protectivas en personas seleccionadas.
La carbonatación aumenta la sensación de plenitud y puede ayudarte a beber más si te cuesta el agua plana. Muchas personas notan mejor digestión de comidas copiosas gracias al efecto del gas sobre el vaciamiento gástrico.
En contrapartida, puede causar más eructos o distensión en quienes tienen síndrome de intestino irritable. No es peligroso, pero sí una cuestión de tolerancia personal. “Si el gas te molesta, vuelve al agua sin gas; lo importante es mantener la ingesta diaria”, insisten.
“No, el gas no ‘cansa’ al riñón”, aclaran. Tampoco desmineraliza el hueso ni “lava” nutrientes. El problema viene de refrescos azucarados o con edulcorantes y ácidos fosfóricos, que no deben confundirse con agua carbonatada simple. Aquí hablamos de agua, no de sodas.
Otro mito: que el agua con gas “deshidrata”. Falso. La diuresis puede sentirse más rápida, pero el balance hídrico sigue siendo positivo. Importa mucho más cuánto y con qué regularidad bebes a lo largo del día.
Pon el foco en el hábito: 30–35 mL/kg/día es una guía orientativa, ajustando por clima, ejercicio y médico tratante. Alterna formatos si eso te ayuda a constancia.
Prefiere envases fríos o con rodajas de limón para aumentar el placer sin añadir azúcar. Si dependes de agua con gas, elige perfiles bajos en sodio y rota marcas para variar la carga mineral.
Y recuerda esta frase útil: “La mejor bebida para tus riñones es agua, en la forma que te permita beberla cada día, con moderación en el sodio y sin azúcares”. Con ese criterio simple, podrás disfrutar de la burbuja sin descuidar tu salud.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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