Durante años, un médico internista creyó que hacía lo correcto: un suplemento diario, discreto, casi automático. Confiaba en su criterio, en su experiencia y en esa promesa de bienestar que tantos pacientes le preguntaban cada consulta. No imaginó que, poco a poco, ese gesto inofensivo abriría la puerta a un problema que su propia analítica terminaría por delatar.
“Pensé que lo ‘natural’ siempre era seguro”, admite hoy, con esa mezcla de humildad y asombro que ha descolocado a varios de sus colegas. “No vi venir los síntomas, y cuando llegaron, ya era tarde”.
Empezó a tomar un complejo de vitaminas del grupo B con una dosis generosa de vitamina B6 (piridoxina). Lo hacía para combatir el cansancio de las guardias, con la idea de sostener la concentración y el estado de ánimo. La etiqueta hablaba de “apoyo nervioso” y “energía metabólica”; sonaba científico, sonaba correcto.
Durante una década, el ritual apenas cambió: desayuno, vaso de agua, cápsula al bolsillo de la bata. Si algún día faltaba, lo compensaba con otra. Pensaba que, al ser vitaminas, el exceso no tendría mayor consecuencia.
Al principio fueron hormigueos discretos en las yemas de los dedos. Luego, una sensación de ardor intermitente en los pies, como si el calcetín tuviera arena. A ratos notaba torpeza muy fina al abrocharse la bata o escribir una nota clínica. “Me dije: es estrés, es postura, es la guardia de anoche”.
Con los meses, la molestia se volvió persistente. Apareció una inestabilidad sutil al caminar deprisa por el pasillo del hospital. Nada incapacitante, pero lo bastante insistente como para encender su alerta médica.
Pidió una batería de pruebas: hemograma, perfil bioquímico, estudio de vitaminas y niveles de piridoxal-5-fosfato, el marcador activo de la B6. El resultado fue contundente: niveles muy por encima de lo recomendado, compatibles con exposición crónica.
La electromiografía mostró signos de neuropatía sensitiva leve-moderada. No era una enfermedad misteriosa ni una lesión del trabajo: era la misma B6 que había ingerido a diario. “Me quedé helado”, recuerda. “Yo, internista, atrapado por un exceso evitable”.
En sesión clínica, el caso generó un silencio incómodo. Varios colegas repasaron sus propias rutinas con complejos “energéticos”. Otros reconocieron no mirar con lupa las etiquetas. Cuando compararon dosis recomendadas con las presentes en algunos suplementos, se sorprendieron.
La realidad es terca: la B6 es esencial en pequeñas cantidades, pero en exceso puede lesionar fibras nerviosas sensoriales, causando hormigueo, ardor y entumecimiento. Y muchas formulaciones “para la energía” superan con holgura las dosis que se asocian a riesgo.
“Natural” no equivale a inofensivo. Tampoco “de venta libre” significa “sin riesgo”. En el mercado conviven productos con dosificaciones prudentes y otros con cargas que, tomadas a largo plazo, pueden pasar factura. La variabilidad entre marcas, la falta de supervisión estricta y la suma inadvertida de fuentes (multivitamínico, bebida ‘energética’, barrita ‘saludable’) hacen un cóctel silencioso.
El internista admite que nunca calculó la dosis total acumulada y que subestimó la potencia real de aquello que veía como un mero apoyo. “No era un paciente sin información; era un médico con exceso de confianza”, dice.
Desde entonces, el internista ha ajustado su forma de preguntar en consulta. No se limita al “¿toma medicación?”, sino que añade “¿y suplementos?”. Anota marcas, dosis y frecuencia, y educa sobre la aritmética de la acumulación.
Entre colegas, el caso sirvió para revisar protocolos internos, elaborar una hoja de consejos para pacientes y fomentar una cultura de “más etiquetas, menos suposiciones”. La sacudida fue productiva.
Al suspender la B6, las sensaciones anómalas fueron cediendo de forma gradual. En semanas hubo alivio claro; en meses, mejoría sostenida. No todo desapareció, y eso también es una lección: a veces la recuperación es parcial y exige tiempo.
“Me hubiera gustado detenerme a la mitad del camino”, confiesa. “Pero uno solo se detiene cuando pone un número delante de la certeza”.
Si algo repite ahora en sus charlas es simple y directo: “Lo que ayuda en pequeño, puede dañar en grande”. La prevención no es miedo; es medición, seguimiento y prudencia. Hacer una analítica a tiempo, leer etiquetas con ojos clínicos y no caer en la trampa del “no puede pasar nada” puede evitar historias como la suya.
Porque el cuerpo no distingue publicidad de fisiología. Distingue dosis, duración y contexto. Y, a veces, la diferencia entre un hábito útil y un daño silencioso cabe en una sola línea de una etiqueta.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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Durante años, como médico deportivo, defendí el entrenamiento matutino casi...
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