Cada año, alrededor de 30.000 personas sufren una muerte súbita en España fuera de un hospital. La cifra la publica la Fundación Española del Corazón y equivale a más de ochenta casos al día: en una oficina, en un gimnasio, en un centro comercial, en la escalera de un edificio de vecinos. La mayoría no sobrevive, y no porque la medicina no sepa qué hacer, sino porque el tratamiento eficaz tiene que aplicarse en los primeros minutos, antes de que llegue la ambulancia. Ese tratamiento es la desfibrilación, y el aparato que la administra, el desfibrilador externo automático, es hoy un equipo pensado para que lo use cualquier persona. Empresas como cardiopro desfibrilador, distribuidor oficial de estos equipos en España, llevan casi una década trabajando para que estén donde hacen falta: en la pared, a la vista, listos.
Una parada cardiaca no es un infarto, aunque a menudo se confundan. En el infarto, una arteria se obstruye y una parte del corazón deja de recibir sangre; la persona suele estar consciente y con dolor. En la parada cardiaca, el corazón entra en un ritmo eléctrico caótico, la fibrilación ventricular, y deja de bombear. La persona pierde el conocimiento en segundos y deja de respirar con normalidad. Sin oxígeno, el cerebro empieza a sufrir daños irreversibles a partir del cuarto o quinto minuto.
Lo único que puede devolver al corazón un ritmo eficaz es una descarga eléctrica. Y la probabilidad de que esa descarga funcione cae alrededor de un 10 % por cada minuto que pasa. A los tres minutos las posibilidades siguen siendo altas; a los diez, son casi nulas. El registro EuReCa, coordinado en España por el Consejo Español de RCP y la Fundación MAPFRE, sitúa la llegada media de una ambulancia en once minutos. Es decir: cuando llegan los profesionales, en la mayoría de los casos ya es tarde para el desfibrilador que traen en el vehículo. El que salva es el que ya estaba allí.
Durante décadas, desfibrilar era cosa de médicos y enfermeras. Los desfibriladores externos automáticos cambiaron eso. El equipo actual analiza por sí mismo el ritmo del corazón, decide si hace falta una descarga y, en los modelos totalmente automáticos, la administra tras avisar por voz. Quien lo usa solo tiene que abrir la tapa, colocar dos parches adhesivos donde indica el dibujo y seguir las instrucciones habladas. No puede hacer daño: si el corazón no necesita la descarga, el aparato no la da.
Esa simplicidad es la que ha permitido sacarlo del ámbito sanitario. En España, el Real Decreto 365/2009 fija las condiciones para usarlo fuera de hospitales y centros de salud, y las comunidades autónomas han ido más lejos: Madrid, Aragón o Navarra lo exigen en centros de trabajo de cierto tamaño, hoteles, residencias y centros educativos; la mayoría lo imponen en grandes superficies, instalaciones deportivas y estaciones de transporte. Y muchas empresas, comunidades de vecinos y colegios lo instalan sin estar obligados, porque han entendido que un equipo de mil euros puede ser la diferencia entre una tragedia y un susto.
CardioPro es uno de los distribuidores que ha hecho de esa idea su actividad. Con sede en Madrid y presencia en Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Málaga, Valladolid y el País Vasco, la empresa equipa desde 2017 a empresas, ayuntamientos, comunidades de propietarios, centros educativos, hoteles y centros de día en toda España. Más de dos mil clientes confían hoy en sus equipos.
Su modelo es sencillo y responde a una realidad: comprar un desfibrilador es lo fácil; lo difícil es que siga funcionando cinco años después y que alguien sepa usarlo el día que hace falta. Por eso CardioPro no vende solo el aparato. Cada instalación incluye el estudio del punto óptimo (un desfibrilador guardado en un despacho cerrado no sirve de noche ni en fin de semana), la vitrina con alarma y la señalización internacional, el alta en el registro autonómico que exige cada comunidad, la formación del personal en soporte vital básico y uso del equipo, y un mantenimiento que sustituye electrodos y batería antes de que caduquen. Porque un desfibrilador tiene consumibles con fecha, y un equipo con la batería agotada es, literalmente, una caja vacía.
La empresa trabaja con los principales fabricantes del sector, HeartSine, ZOLL, Mediana, Schiller y Bexen Cardio, este último el único fabricante español de desfibriladores, con sede en el País Vasco. Y ofrece tres formas de equiparse según la situación: compra, desde 990 euros con ocho años de garantía; alquiler de uno a doce meses para eventos, obras o temporadas; y renting a largo plazo, con cuota mensual desde 39 euros que incluye mantenimiento, formación y seguro. Para una empresa de cincuenta personas, esa última fórmula supone menos de un euro al mes por empleado.
La lógica de la cardioprotección es una regla de tiempo: cualquier persona debe poder llegar al equipo, volver y aplicarlo en menos de tres minutos. En la práctica, eso significa un desfibrilador por cada edificio y uno más allí donde la gente hace esfuerzo o está lejos del principal: el gimnasio de una empresa, la piscina de un hotel, el pabellón de un colegio, el portal de una comunidad de sesenta viviendas.
Los espacios donde más falta hace son, paradójicamente, los que menos lo tienen. Los centros de trabajo, donde según la Fundación Española del Corazón el 43,5 % de los accidentes laborales mortales son cardiovasculares. Las comunidades de vecinos, donde la persona que sufre la parada suele ser mayor y la que la encuentra, un vecino sin formación. Los colegios, donde el equipo protege a los niños pero sobre todo a los cuarenta adultos que trabajan allí y a las familias que entran y salen cada día.
No hace falta ser sanitario para salvar una vida. Hace falta reconocer que alguien no responde y no respira con normalidad, llamar al 112, empezar el masaje cardiaco en el centro del pecho y pedir a alguien que traiga el desfibrilador más cercano. El aparato hará el resto. Las comunidades autónomas registran dónde están los equipos, y la mayoría permite que cualquier persona lo use en una emergencia siempre que esté en contacto con los servicios de urgencias.
La próxima vez que entre en un edificio, busque el cartel verde con el corazón y el rayo. Si no lo ve, quizá sea el momento de preguntar por qué. Y si lo ve, sepa que detrás de esa vitrina hay una cadena de gente, desde el fabricante hasta el técnico que cambió los electrodos el mes pasado, que trabaja para que, el día que haga falta, funcione a la primera.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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