La hipertensión afecta a millones y, para muchos, controlar la presión exige años de ajustes con fármacos que no siempre funcionan o provocan efectos indeseados. En los últimos meses, un procedimiento mínimamente invasivo ha ganado terreno en centros de alta complejidad, ofreciendo un camino adicional para bajar las cifras sin depender de pastillas diarias. “No es magia, es fisiología aplicada con precisión”, afirma un especialista en hipertensión intervencionista.
Este enfoque actúa sobre los nervios simpáticos que rodean las arterias renales, responsables de parte del tono vasomotor y de la retención de sodio. A través de un catéter, el médico aplica energía —radiofrecuencia o ultrasonidos— en puntos estratégicos del vaso para “silenciar” la sobreactivación nerviosa que eleva la presión.
La idea es simple y potente: si se reduce la señal del sistema simpático que ordena “aprieta y retén”, el riñón y los vasos responden con menor resistencia y menos volumen circulante. “Buscamos un descenso sostenido de la tensión de 24 horas, no un pico transitorio en la consulta”, subraya un cardiólogo con experiencia en terapias de dispositivo.
No se indica para todo el mundo, pero sí para perfiles bien definidos que cargan con presión elevada pese a intentar cambios de estilo de vida y tratamientos convencionales. De forma general, los candidatos potenciales incluyen:
Se realiza en una sala de hemodinámica, con sedación ligera y anestesia local. Por una punción en la arteria femoral o radial, se avanza un catéter fino hasta las arterias renales, guiado por rayos X y contraste. Luego se administran varias aplicaciones de energía circunferenciales para “desconectar” parcialmente la inervación simpática.
La duración típica ronda entre 45 y 90 minutos, con alta el mismo día o en 24 horas si todo va bien. El paciente suele sentir solo calor leve o presión pasajera, y retoma actividades normales en pocos días.
Estudios controlados con catéteres de radiofrecuencia y ultrasonidos han mostrado reducciones clínicamente significativas de la presión sistólica, tanto en consulta como en monitoreo de 24 horas. En promedio, los descensos sostenidos rondan los 5–10 mmHg, con variación según perfil clínico, anatomía vascular y adherencia a hábitos saludables.
La evidencia sugiere beneficios adicionales en control de la variabilidad tensional y en la carga de presión nocturna, factores ligados a riesgo cardiovascular. “Una bajada estable de pocos milímetros puede traducirse en menos ictus y eventos a largo plazo”, recalcan los equipos de investigación.
La tasa de complicaciones graves es baja, comparable a otros procedimientos endovasculares de corta duración. Pueden aparecer hematomas en el sitio de punción, espasmo arterial transitorio o, rara vez, daño vascular que requiera manejo específico. El seguimiento con ecografía o tomografía verifica la integridad de las arterias renales.
No se ha observado deterioro de la función renal en pacientes con función basal adecuada, aunque en enfermedad renal avanzada se individualiza la indicación. Como toda intervención, requiere evaluación rigurosa del riesgo y del beneficio potencial.
En muchas personas, la técnica permite reducir el número o la dosis de fármacos, y en algunos casos mantener cifras estables sin pastillas. Sin embargo, no es una licencia para abandonar cambios de estilo de vida ni un pase automático para suspender tratamientos sin supervisión médica.
Los mejores resultados combinan la intervención con dieta equilibrada, control del peso, ejercicio regular, sueño adecuado y manejo del estrés. “El dispositivo es una herramienta; el paciente sigue siendo el protagonista de su cuidado cotidiano”, insisten los clínicos más prudentes.
Tras la intervención, se programa seguimiento con toma de presión en casa, ajustes graduales de fármacos y visitas de control a 1, 3 y 6 meses. Se recomienda limitar esfuerzos intensos la primera semana y vigilar signos locales en la zona de punción.
Muchos pacientes describen una sensación de mayor estabilidad en la presión, con menos picos y menos mareos, lo que facilita adherirse a rutinas de salud. “Dormir mejor y ver cifras más predecibles cambia la percepción del día a día”, comparte un paciente tras su alta.
La técnica cuenta con aprobación regulatoria en Europa y Estados Unidos, y se ofrece en centros acreditados con equipos entrenados en cardiología intervencionista. El coste varía según país, hospital y tipo de catéter, y a veces lo cubren seguros o programas de salud pública para hipertensión difícil.
Si te interesa, el primer paso es una valoración con especialistas en hipertensión, con mediciones ambulatorias, revisión de hábitos y pruebas de imagen de las arterias renales. Un comité multidisciplinar puede confirmar si el beneficio esperado supera el riesgo y si tu anatomía es idónea para el catéter.
En un campo históricamente dominado por pastillas, disponer de una opción mínimamente invasiva y con efecto duradero abre una ventana de esperanza. “Cada milímetro de mercurio que baja de forma sostenida es una inversión en años de vida saludable”, resume un líder clínico tras varias cohortes tratadas.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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