Los lirios piden movimiento cuando el verano ya huele a despedida. Es el instante en que renovar sus rizomas les devuelve vigor, floraciones más abundantes y un macizo que respira otra vez luz. Si se deja pasar demasiado, el suelo se enfría, los días se acortan y el enraizamiento se vuelve lento. Como dice el refrán del huerto: "Divide cuando el calor aún guarda la tarde."
Tras la floración, los rizomas han acumulado reservas y están listos para formar raíces nuevas. En estas semanas, el calor residual y la tierra aún templada favorecen un anclaje rápido. Si lo pospones hasta bien entrado otoño, el exceso de humedad y el frío disparan riesgos de podredumbre.
Un centro calvo, menos flores y hojas apiñadas delatan que el macizo está saturado. También lo sugiere un tallo floral más corto y fans que compiten por la luz. "Un rizoma joven vale por tres viejos" es una máxima que rara vez falla.
Ten a mano una horca o pala ancha, un cuchillo muy afilado, guantes y alcohol para desinfectar. Prepara un lecho con drenaje impecable, sol de al menos seis horas y suelo apenas calizo o neutro. Añade compost maduro y algo de arena para que el agua escurra rápido.
Afloja el terreno alrededor y levanta el cepellón sin romper las raíces jóvenes. Separa los rizomas, descartando los viejos, esponjosos o con olor agrio. Conserva piezas firmes, con uno o dos abanicos de hojas sanas y brotes claros.
Recorta el follaje en forma de abanico, a unos 12–15 cm, para reducir la evapotranspiración. Despunta ligeramente las raíces, solo lo justo para estimular las nuevas. "Corta limpio, planta alto, riega profundo y espera el milagro."
En los lirios barbudos, el rizoma debe quedar apenas a ras de suelo, incluso con la “espalda” un poco expuesta. Orienta el abanico hacia donde recibirá más sol, con las raíces bien extendidas. Deja 30–40 cm entre plantas para que el aire circule y evites hongos persistentes.
Compacta suavemente el sustrato alrededor para eliminar bolsas de aire. Un riego inicial generoso asienta la tierra y despierta el impulso de enraizar. Evita acolchados espesos que cubran el rizoma, porque retienen humedad excesiva.
Mantén una humedad constante, nunca encharcada, durante 10–14 días. Luego reduce la frecuencia y riega solo cuando el primer centímetro esté seco. Aporta un fertilizante bajo en nitrógeno al inicio de primavera, no ahora.
Vigila signos de podredumbre blanda; si huele mal, corta hasta tejido sano y desinfecta. Retira hojas marchitas para que la ventilación haga su trabajo. "Menos agua, más sol: ese es el dialecto de los lirios."
En zonas templadas y continentales, la mejor ventana es de mediados a finales de verano. En climas cálidos mediterráneos, la operación puede alargarse unos días en septiembre, si el suelo sigue tibio. En el hemisferio sur, traslada estas fechas a febrero–marzo, con la misma lógica de suelo caliente y días largos.
Etiqueta por variedad antes de dividir, para no perder tu paleta de colores. Espolvorea canela o azufre en los cortes si el clima viene muy húmedo. Si el sol es extremo, una sombra ligera de malla los primeros días reduce el estrés.
Cuando veas nuevas puntas de hojas firmes, sabrás que el plan va bien. A partir de ahí, solo pide paciencia: la gran recompensa llega con la próxima primavera. Y recuerda: los lirios prefieren ser molestados cada 3–5 años, justo cuando el jardín susurra "es hora".
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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