La operación que se hizo a miles de personas con un picahielo y que ganó un premio Nobel


La operación que se hizo a miles de personas con un picahielo y que ganó un premio Nobel

Una herramienta humilde, un gesto rápido y una promesa inmensa: aliviar el sufrimiento mental. Durante décadas, miles de personas fueron sometidas a una cirugía que perforaba el hueso alrededor del ojo con algo parecido a un picahielo, y que, en su versión original, obtuvo un Premio Nobel. Lo que comenzó como un rayo de esperanza en hospitales colapsados terminó convertido en una advertencia permanente sobre los límites de la medicina y el poder de las modas científicas. “Cura rápida”, “solución definitiva”, “procedimiento sencillo”: el lenguaje de la época brilla aún hoy por su entusiasmo y su peligrosa ingenuidad.

El origen de una promesa peligrosa

En los años treinta, frente a la desesperación de los manicomios europeos, el neurólogo portugués Egas Moniz propuso la leucotomía prefrontal: cortar fibras de la sustancia blanca que conectan los lóbulos frontales con el resto del cerebro. Inspirado por experimentos en primates, creyó ver un camino para silenciar síntomas intratables como la agitación intensa o la obsesión. En 1949, la Academia Sueca le otorgó el Nobel de Fisiología o Medicina por “el valor terapéutico de la leucotomía en ciertas psicosis”.

La noticia se leyó como un espaldarazo global. Donde la farmacología no llegaba y la psicoterapia era lenta, la cirugía prometía ordenar el caos con un acto decisivo. Pero el entusiasmo chocó pronto con una realidad incómoda: el procedimiento no curaba procesos profundos, sino que a menudo aplanaba la personalidad, reducía la iniciativa y, en no pocos casos, causaba secuelas irreversibles.

Del quirófano al pasillo: la era del “picahielo”

En Estados Unidos, el psiquiatra Walter Freeman popularizó desde 1936 la lobotomía junto al neurocirujano James Watts. Una década más tarde, Freeman dio un giro práctico: la lobotomía transorbital, que atravesaba el techo de la órbita ocular con un instrumento parecido a un picahielo (después, un “orbitoclasto” diseñado ad hoc). Se golpeaba con un martillo, se penetraba al lóbulo frontal y se “barrian” conexiones con movimientos laterales. “Cirugía sin quirófano”, “diez minutos”, “lista para el alta”: así se vendía una técnica pensada para hospitales saturados.

El número de intervenciones se disparó. Se calcula que en Estados Unidos se realizaron decenas de miles, y Freeman por sí solo practicó varios miles a lo largo del país, viajando en su “lobotomóvil”. Se aplicó a veteranos, a personas con depresión resistente, esquizofrenia, trastornos obsesivos e incluso a adolescentes con conductas difíciles. El criterio, con frecuencia, era amplio y el consentimiento, cuando existía, precario.

La aparente simplicidad tenía un precio elevado: sangrados, infecciones, crisis epilépticas, apatía profunda, cambios cognitivos severos y muertes no despreciables. Muchos familiares describieron a sus seres queridos como “más tranquilos”, sí, pero también “vacíos”, “sin chispa” y “distantes”. La promesa de “silenciar el dolor” terminó, demasiadas veces, silenciando a la persona.

  • Secuelas frecuentes descritas: apatía y embotamiento afectivo, pérdida de iniciativa y planificación, alteraciones del juicio social, incontinencia emocional y cognitiva, y, en algunos casos, deterioro permanente de la autonomía.

Prestigio, giro y memoria

Que una técnica quirúrgica recibiera un Nobel mientras su variante más agresiva se expandía por medio mundo es una paradoja histórica elocuente. Dice mucho de la época: escasez de fármacos eficaces, urgencia institucional y fascinación por intervenciones “modernas”. No fue un fraude deliberado, sino la suma de esperanza, sesgos de confirmación y un sistema ansioso por “hacer algo”.

A mediados de los cincuenta llegaron los primeros antipsicóticos, como la clorpromazina, y la evidencia acumulada empezó a desnudar la realidad: los beneficios eran, en el mejor de los casos, inciertos y transitorios, mientras que los daños podían ser profundos. Hospitales y autoridades redujeron la práctica, y la comunidad médica revisó con dureza su propio entusiasmo. “La historia clínica no es una declaración de fe”, advertían voces críticas, “es un registro de resultados”.

Las historias personales dieron rostro al balance. Pacientes que perdieron su autonomía, familias que cargaron con décadas de cuidado y sociedades que aprendieron, de forma dolorosa, el coste de la simplificación. En paralelo, la neurocirugía psiquiátrica no desapareció por completo: evolucionó hacia procedimientos raros, selectivos y sometidos a controles estrictos, como la capsulotomía con radiocirugía o la estimulación cerebral profunda, donde el consentimiento, la evaluación independiente y el seguimiento riguroso son innegociables.

Hoy, la discusión no es solo técnica, sino moral. ¿Qué significa “mejorar” cuando lo que se toca es la personalidad? ¿Cuánta incertidumbre es aceptable en nombre del alivio? Estas preguntas, nacidas al calor del “picahielo”, siguen guiando los comités de ética, los ensayos clínicos y la práctica cotidiana. Porque la lección más clara es también la más humilde: cuando el sufrimiento es grande, la tentación de soluciones rápidas crece; por eso, la medicina necesita no solo bisturí y datos, sino también memoria, prudencia y una escucha radical a quienes, al final, viven con las consecuencias. “Primero, no dañar”, suena de fondo; y, después, preguntar, dudar y medir dos veces antes de cortar.

Andrés Domingo

Sobre el autor

Andrés Domingo

Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.

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