En los veranos más duros, cuando el termómetro roza los 40°C, la diferencia entre un huerto que resiste y otro que colapsa suele ser la gestión. La experiencia agrícola israelí ha destilado un conjunto de métodos que priorizan cada gota, ajustan el microclima y mantienen la productividad sin incrementar el consumo de agua. “En ambientes áridos, la eficiencia no es una opción, es una cultura”, repiten muchos técnicos de campo. Aquí tienes cómo aplicarlo en casa, con pasos claros y equipamiento básico.
El corazón del sistema es el goteo, y, cuando es posible, el subterráneo. Enterrar la línea a 10–20 cm reduce la evaporación superficial y lleva la humedad directamente a la zona de raíces, donde realmente se usa. Con riegos en pulsos cortos (varias veces al día, pocos minutos), se mantiene un frente húmedo estable sin saturar ni perder por escorrentía.
Esta lógica se guía por un principio simple: “cada gota debe hacer un trabajo”. No se trata de regar más, sino de regar con mejor contacto entre el agua y la raíz.
El suelo desnudo es un radiador térmico. Un acolchado de 5–10 cm de orgánico maduro (paja, hojas, compost) o un acolchado reflexivo (plástico blanco o plateado) reduce la evaporación y amortigua los picos de calor. En climas muy secos, combinar acolchado orgánico con una malla reflectante puede bajar la temperatura del suelo en 3–6 °C, lo cual mejora la toma de agua y reduce el estrés.
Las mallas de sombra del 30–50% son un salvavidas cuando el sol es implacable. En cultivos de fruto (tomate, pimiento, pepino), una sombra del 30–35% suele mantener la fotosíntesis activa sin penalizar el rendimiento. Si la noche enfría, la malla se recoge para que la planta respire y disipe el calor acumulado.
Añade ventilación cruzada y reduce la radiación con superficies claras alrededor de los bancales. “No es solo dar sombra, es mover el aire”, dicen los agrónomos que trabajan en invernaderos del Negev.
A 40 °C, la transpiración diurna se dispara y la eficiencia cae. Regar de noche o al amanecer mejora la absorción y disminuye las pérdidas por evaporación. Un ciclo principal en la madrugada y micro-pulsos al mediodía para evitar marchitez temporal mantienen la planta en “modo productivo” sin excedentes de agua.
El déficit de riego controlado (RDI) y el secado parcial de la raíz (PRD) ajustan el agua a fases críticas del cultivo. En PRD se riega un lado de la planta mientras el otro se deja secar levemente, alternando a los 7–14 días. Esto mantiene señales hormonales que cierran un poco los estomas, reducen la pérdida de agua y sostienen el llenado de frutos. Bien aplicado, permite ahorrar entre un 10–25% sin castigos de producción.
Nutrir por el riego evita disolver fertilizantes en grandes volúmenes. Pequeñas dosis, bien sincronizadas, mantienen la CE en rangos seguros y reducen el estrés por salinidad. Un tensiómetro simple o una sonda de humedad ayuda a decidir cuándo iniciar o cortar un pulso. “Medir, no adivinar”, es el lema que más rentabilidad genera en zonas áridas.
Elige cultivos con cutícula gruesa, buen sistema radicular y tolerancia al calor: tomate indeterminado, pimiento, berenjena, okra, melón o batata. En hojas (acelga, kale), opta por siembras tempranas y sombra del 50%. Podas ligeras que protejan el fruto sin desnudar la planta ayudan a manejar el estrés térmico.
Una película de caolín al 3–5% reduce la radiación sobre hojas y frutos sin bloquear la fotosíntesis. Riego con agua ligeramente más fría al amanecer mejora el reinicio hidráulico tras la noche. Evita mojar el acolchado de más: si se empapa, favorece hongos y desperdicia agua.
Combinando goteo enterrado, pulsos nocturnos, sombra modulada y fertilización de precisión, es posible mantener la planta en su “zona verde” durante las olas de calor. La clave es integrar tácticas: “No hay una varita mágica, hay un sistema coherente”. Cuando cada componente hace su parte, el huerto rinde, el estrés baja y el contador de agua se mantiene en calma.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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