El ajo es pequeño, humilde y poderoso. Pero una mala técnica en la cocina puede borrar justo lo que lo hace especial para el corazón. Si lo sometes a un calor intenso en el momento equivocado, sus compuestos bioactivos se desvanecen antes de que lleguen a ayudarte.
“Trátalo como un ingrediente delicado”, dice la ciencia de los compuestos del ajo. Unos pocos gestos simples marcan la diferencia entre un diente aromático y uno realmente cardiosaludable.
El protagonista se llama alicina, un compuesto azufrado que se forma cuando la enzima alliinasa transforma la aliína al cortar o machacar el diente. Esa reacción es breve y el calor la frena: temperaturas por encima de 60–70 °C inactivan la enzima antes de que la alicina nazca.
La alicina es también inestable y se degrada con calor prolongado. Cocina muy alta, microondas sin preparación, o freír hasta que el ajo quede oscuro reducen de forma drástica lo cardioprotector. En cambio, cortar y esperar permite que se forme más alicina antes de ver el fuego.
“Primero deja que el ajo trabaje, luego deja que cocine”, es una regla simple que evita perder lo mejor.
Para activar la enzima alliinasa, hay que romper las células: pica, lamina o, mejor, machaca el diente. Luego, espera alrededor de 10 minutos antes de llevarlo a la sartén. Ese tiempo permite que la aliína se convierta en alicina de forma más completa.
Si el ajo va entero a la olla, la alliinasa casi no actúa; si va picado pero directo al calor, la enzima muere y se forma poca alicina. “Tritura y espera: ese es el minuto de oro”, repiten muchos nutricionistas.
El ajo crudo es el campeón en alicina, pero su sabor es intenso y puede caer pesado. Puedes laminarlo muy fino, emulsionarlo en una vinagreta o “curarlo” unos minutos con sal y limón para suavizar su mordida.
El ajo negro (fermentado) y el extracto de ajo envejecido no brillan por la alicina, pero aportan compuestos estables como la S-alil cisteína con efectos antioxidantes y de soporte cardiovascular. Son opciones más suaves para quien no tolera el ajo crudo.
“Crudo para el golpe de alicina; envejecido para la constancia”, es un buen resumen práctico.
Una o dos dientes al día, integrados en una dieta vegetal y rica en aceite de oliva, es una pauta razonable. No es una píldora mágica, pero suma a un patrón tipo mediterráneo: menos ultraprocesados, más legumbres, verduras, frutas y pescado.
Si tomas anticoagulantes, tienes cirugía programada o sufres molestias digestivas, consulta a tu médico antes de elevar la ingesta. El ajo puede potenciar el efecto antiplquetario y aumentar la acidez en algunos casos.
Freír el ajo hasta que esté muy dorado o casi quemado destruye buena parte de sus compuestos activos. Picar y llevar de inmediato al fuego impide que se forme la alicina. Meter los dientes al microondas sin activar la enzima es otro golpe a su potencial. Hervir durante largos minutos diluye y degrada lo beneficioso. Pelar, picar y guardar varios días en la nevera hace que los compuestos volátiles se pierdan y el sabor se vuelva plano.
Un paso adicional: no olvides la calidad. Un ajo fresco, firme y con olor vivo rinde mucho más que uno viejo y deshidratado. Guarda los cabezas en un lugar seco, oscuro y con buena ventilación, nunca en el frigorífico si están enteras.
Pequeños gestos, gran recompensa. “El ajo tiene ciencia, pero no es complicado: activa, mima y no lo quemen”, diría cualquier abuela que cocina con cabeza y corazón.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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