A veces el arroz termina pesado, pastoso y nada ligero. No es culpa del cereal, sino del método y de un par de hábitos que arrastramos sin pensar. Cambiando dos detalles se vuelve más digestivo y con una textura suelta. "Cocinar bien el arroz es más técnica que magia", decía mi abuela con una sonrisa tímida.
Cuando se cocina por absorción y sin lavar, el grano suelta almidón que espesa el agua y se pega a la superficie, generando un bocado más gomoso y menos amable para el estómago. Ese exceso de almidón puede disparar picos de glucemia y dejar una sensación de pesadez.
Lavar antes de cocinar arrastra almidón libre y parte de impurezas superficiales, mejorando el resultado sin restar sabor. Además, hervir en agua abundante y escurrir ayuda a reducir trazas de sustancias no deseadas, presentes de forma natural en el ambiente donde crece el arroz.
"Si el grano queda suelto, el cuerpo lo agradece", me dijo una nutricionista que enseña a cocinar con ciencia y con calma.
Primero, enjuaga el arroz bajo agua fría hasta que salga casi clara. Ese gesto sencillo controla el almidón superficial y prepara el grano para una cocción más limpia.
Si puedes, deja el arroz en remojo 20–30 minutos. El remojo hidrata de forma uniforme y acorta el tiempo de cocción, lo que evita que la capa externa se rompa mientras el centro queda duro.
Pon una olla grande con agua muy abundante (como si fuera pasta), añade sal al gusto y, si te apetece, una hoja de laurel o un trocito de jengibre. El agua generosa diluye el almidón liberado y ayuda a que el grano respire mejor.
Cuando hierva con alegría, añade el arroz y cocina a fuego vivo hasta que esté casi al dente. Para basmati o jazmín, bastan 6–10 minutos; para integral, según marca y grosor, 20–30 minutos, comprobando con una cata rápida. No remuevas sin parar: un par de vueltas suaves es suficiente.
Escurre en un colador, sacude el exceso de agua y vuelve a poner el arroz en la olla caliente fuera del fuego. Tapa con paño y tapa, y deja que el vapor termine la cocción durante 8–10 minutos. Este “reposo al vapor” fija la estructura y da un grano más elástico.
Destapa, airea con tenedor y añade un hilo de aceite de oliva o una nuez de mantequilla si te gusta. Ajusta la sal y exprime unas gotas de limón para una sensación más ligera y un perfume más vivo.
Si buscas un plato aún más ligero, cocina, enfría rápido y refrigera el arroz unas 12 horas, luego recaliéntalo suavemente antes de servir. Al enfriar, parte del almidón se vuelve “resistente”, lo que modula la glucemia y puede hacerlo más amigable con la digestión. "Cocina hoy, come mañana y tu intestino te dirá gracias", bromea un amigo muy cocinillas.
Eso sí, enfría en capa fina y guarda en recipiente cerrado en la nevera para evitar riesgos microbianos. No lo dejes a temperatura ambiente más de dos horas y recaliéntalo hasta que esté bien caliente.
El basmati queda más suelo y fragante con este sistema de “hervir y escurrir”. El jazmín conserva su perfume floral y un bocado muy tierno. En un integral de grano largo, el reposo al vapor resulta casi mágico para lograr grano firme y corazón jugoso.
Hay excepciones con sentido culinario: para risotto, paella o sushi, la técnica de absorción o el almidón cremoso son parte del plato. Aquí se trata de un método para comer más ligero, no de cambiar la esencia de cada receta.
Acompaña con verduras salteadas en minutos, un puñado de hierbas frescas y proteína bien hecha. Especias como comino, cúrcuma o cardamomo ayudan a una sensación más cálida y menos pesada. Un chorrito de limón o un toque de vinagre de arroz levantan el plato sin añadir lastre.
Piensa en la ración: 60–75 g en crudo por persona bastan para un plato completo. Si necesitas más, añade vegetales con fibra suave y grasas de buena calidad para un equilibrio realmente satisfactorio.
Prueba este método un día cualquiera y escucha a tu cuerpo. Con dos cambios muy simples, el arroz pasa de plato “denso” a compañero ligero que apetece una y otra vez.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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