A veces, estás quieto, y de pronto aparece un hormigueo en los pies que desconcierta. Ese cosquilleo, esa sensación de “alfileres”, puede asustar si se repite. La buena noticia es que, la mayoría de las veces, es un fenómeno transitorio y tiene explicación. Aun así, conviene saber cuándo es simple postura y cuándo puede indicar algo más.
En muchos casos, el adormecimiento surge por presión sobre los nervios periféricos. Esa compresión reduce el flujo sanguíneo y altera la señal eléctrica. El resultado es una parestesia: cosquilleo, entumecimiento o pinchazos que ceden cuando el nervio se libera.
El cuerpo te manda un aviso: “muévete un poco”. Como dice el dicho, “tu cuerpo te está pidiendo movimiento”. Si cambias de posición, la circulación mejora y la sensación desaparece en pocos minutos.
Cruzar las piernas mucho tiempo comprime el nervio peroneo a la altura de la rodilla. Sentarte sobre un pie “aplasta” estructuras y corta el retorno venoso. El calzado muy apretado o con suela dura castiga los nervios del antepié.
Las sillas muy bajas o sin buen apoyo pélvico desplazan la carga hacia los isquiones y empeoran el cosquilleo. En trabajos sedentarios, los episodios aparecen más si pasas horas sin pausas. “Si tu postura no cambia, tu sistema nervioso se queja”, recuerda más de un fisioterapeuta.
Ciertos problemas de salud sensibilizan los nervios y favorecen el entumecimiento. La diabetes puede dañar fibras y alterar la conducción. El déficit de vitamina B12, el hipotiroidismo o el consumo crónico de alcohol también predisponen.
El embarazo cambia la circulación y aumenta la retención de líquidos, con más compresión. El sobrepeso eleva la presión sobre estructuras en cadera, rodilla y tobillo. Algunos fármacos, como quimioterapias o ciertos antibióticos, pueden inflamar los nervios.
El cosquilleo ocasional que cede al moverte suele ser benigno. Pero hay situaciones que requieren atención médica. “El hormigueo ocasional es normal; el persistente, no”, conviene recordar.
Primero, libera la presión: descruza las piernas, apoya las plantas y endereza la espalda. Haz “bombas” de tobillo: flexiona y extiende el pie 20 a 30 veces. Un masaje suave y calor local moderado ayudan a reactivar la circulación.
Evita golpear o “despertar” el pie con fuerza, porque irrita los nervios. Camina unos minutos si puedes, y respira profundo para bajar la tensión. Si el síntoma no cede, toma nota de cuánto dura y si se acompaña de otros signos.
Piensa en la ergonomía: la silla debe permitir que las rodillas queden a 90 grados y los pies toquen el suelo. Si no, usa reposapiés para descargar los gemelos y el talón. Alterna el cruce de piernas o, mejor, evítalo por periodos prolongados.
Programa pausas de micro-movimiento: cada 30 minutos, levántate 1 o 2 minutos, camina y moviliza tobillos. Elige calzado con amortiguación y espacio en los dedos. Hidrátate bien y cuida tu peso, porque ambos influyen en la circulación.
Fortalece glúteos y core para mejorar la postura al sentarte. Estira isquiotibiales y flexores de cadera, que al acortarse traccionan la espalda baja. “Más vale consultar pronto que lamentar tarde” si notas que los episodios van en aumento.
A veces, el origen está en la columna, con irritación del nervio ciático por un disco. En esos casos, el hormigueo baja por la pierna y aparece con tos o esfuerzo. La evaluación de un profesional puede diferenciar entre compresión local del pie y problema radicular.
Pruebas como la exploración neurológica y, si procede, una resonancia, orientan el tratamiento. La fisioterapia centrada en movilidad y control de carga suele ser de gran ayuda.
El cosquilleo breve tras estar quieto es un mensaje de ajuste postural. Muévete, libera presión y cuida tus hábitos. Si los síntomas son persistentes, asimétricos o se acompañan de debilidad, busca valoración médica. Tu cuerpo “habla” a través de los nervios; escúchalo con atención y actúa a tiempo.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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