A los 82, un hombre que muchos creían “ya para el sillón” se calza sus zapatillas y busca el primer tramo de escaleras. Cada día. Sin drama. Con un método simple que no pide relojes caros ni gimnasios llenos. Diez minutos, y listo. Parece poco, pero esa constancia firme convierte el cansancio en energía y la duda en confianza. “El secreto no es ser rápido, es no dejar de moverse”, repite con una sonrisa que sube peldaños junto a él.
Le dicen Don Ernesto, vecino de una ciudad con edificios sin ascensor y paciencia de monje. Aprendió a escuchar a su cuerpo después de un susto de salud. “Me cansaba al hablar, y eso me asustó más que cualquier diagnóstico”, recuerda. Volvió a lo básico: subir y bajar peldaños. No corre. No compite. Solo respira y cuenta pasos con una calma casi musical.
“Cuando me llaman valiente, yo digo que solo soy terco”, bromea. Su doctora lo apoya: “Su corazón está más elástico, y su equilibrio, más seguro”. Lo que empezó como una prueba de dos minutos se volvió su pequeño ritual diario.
Las escaleras activan mucha musculatura a la vez, elevan el pulso con rapidez y retan al equilibrio. Es entrenamiento cardio y de fuerza en un mismo movimiento. Además, es gratis, está en casi cualquier lugar y permite progresar sin equipo extra. El impacto es moderado, pero suficiente para fortalecer huesos y proteger articulaciones si se hace con buena técnica.
En poco tiempo, el cuerpo responde con mayor resistencia, mejor control de la glucosa y ánimo más estable. “Termino y me siento más ligero, como si me hubieran abierto una ventana”, dice Don Ernesto.
Si un día falta fuerza, haz la misma estructura con menos tiempo de trabajo y más pausas. La clave es mantener la costumbre, no batir récords.
Elige escaleras con buena luz y barandilla firme. Zapatillas con suela antideslizante, ropa que no enganche con los bordes. Si hay dolor agudo, mareo o visión borrosa, se para y se consulta. Un reloj no es obligatorio, pero medir la percepción de esfuerzo ayuda: del 1 al 10, permanece entre 5 y 7.
Señales de alerta a vigilar:
Tres días por semana, dejando un día de descanso entre sesiones. Empieza con 6-8 minutos y añade 30 segundos por semana. Si vives en planta baja, busca un tramo en un parque o centro comunitario. En días de poca energía, alterna 20 segundos de subida y 40 de bajada. La consistencia pesa más que la intensidad ocasional.
Para rodillas sensibles, prioriza bajadas muy lentas o usa ascensor al bajar y escaleras al subir. “Me cuido para poder seguir, no para ganar una medalla”, dice Don Ernesto.
Él no marca X en un calendario, deja sus zapatillas junto a la puerta. Esa pequeña señal activa el hábito sin discusión interna. “El cuerpo responde a lo que repites, no a lo que prometes”, comenta. Música con compás claro, o silencio con atención al propio paso. Dos paradas breves para mirar por la ventana cambian el ánimo más que una taza de café.
Al final, diez minutos bien puestos ajustan la vida como una buena bisagra: discreta, constante y fuerte. No hace falta ser joven, solo ser un poco más terco que el próximo peldaño. Y mañana, otra vez, un paso más.
Sobre el autor
Andrés Domingo
Andrés Domingo es el redactor jefe de noticias de SECIP.
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